Me hiciste tanto daño que intente ponerme un caparazón, una armadura que recubriera todo mi cuerpo para así no poder mirarte cuando te tuviera detrás, una para que cuando llegara el día en que te encontraras a escasos metros de mi no volviera a mirarte a los ojos, morderme el labio, y caer otra vez; me hiciste tanto daño que dejaste heridas profundas y muchas veces, se curaban a las pocas semanas, pero que luego quedaban otras más profundas en las que apenas se curaba el exterior, dejando un interior roto, abierto a ti, abierto a más dolor, y más dolor, y que no sé porque jamás se curó. Siempre quedó una espina me dijeron, tenes que dar otra oportunidad, así te darás cuenta de todo y por fin podrá salir.