La vió, desde la ventana de su habitación. Una flor blanca del tamaño de un plato, brillante y hermosa. Salió corriendo a verla, pues sabía que la flor vivía por unos pocos segundo... como una estrella fugaz.
Increíble, musitó.
Se abrazó con sus brazos para acurrucarse en la noche fría y miró con detenimiento a la planta; Era un cactus, de unos veinte centímetros con demasiadas espinas... casi como cualquier otro.
Ella lo había cuidado, le había hablado (como le había enseñado a su abuela) y se había asegurado que todos los días de que ésta tuviera el sol que necesitara...
Increíble, repitió. Los pétalos de la flor blanca parecían una luna caída, brillando como un adorno del cielo infinito,pero no... porque estaba en el suelo, encerrada en su maceta.
Sintió lástima por la bella flor... tan espléndida como ninguna y nadie más podría verla! se la perderían!. Entonces, corrió hasta su casa y despertó a todos, incluso a sus padres. Les hizo correr, en pijamas y camisones por todo el patio.
Cuando llegaron al lugar, ella supo que había sido demasiado tarde... en el lugar donde había estado la flor, había algo muerto y triste. Sus hermanos la miraron, sin entender nada y pensando que se había vuelto loca. Ella rompió en llanto... no volvería a ver su flor! nadie más la veiría! La madre, nerviosa, hizo que todos entraran a la casa, mientras la joven seguía llorando.
Cuando volvió a su cama pensó en la flor, en la luna y en el cactus. Pensó en los cuidados que ella le había dado. Y comprendió, por fin, que el hecho de que sólo ella haya visto su flor no era injusticia, ni coincidencia, ni ningún raro juego de azar. Ella se había ganado el derecho de descubrir lo bello en lo feo. Lo había ganado, como así nadie había ganado el derecho de conocerla a ella porque nadie se había molestado.
Entonces, aprendió que la flor se parecía a ella... más bien, el cactus lo hacía. Aprendió que sólo si alguien le daba su amor y sus cuidado, sólo esa persona se podía ganar el derecho de ver su flor blanca, su verdadero yo. Aprendió, que no era su culpa que nadie se haya molestado en conocerla, sólo faltaba que llegase el indicado...
Y el cactus se sintió hermoso.